El proyecto


Comer no es un acto puramente individual. La alimentación está condicionada por factores estructurales que van mucho más allá de una decisión personal. Las elecciones alimentarias están atravesadas por aspectos sociales, económicos, políticos y emocionales que, muchas veces, escapan a nuestro control. El entorno recorta o amplía las opciones. Favorece o dificulta ciertos pasos. Pero siempre influye en la manera de comer.

Sin embargo, rara vez prestamos atención a esos condicionantes externos. Se camuflan bien y usan maniobras distractivas eficaces. Uno de los mayores éxitos de los sistemas alimentarios globales ha sido convencernos de que la alimentación depende exclusivamente de nuestras decisiones personales.

Y no es así.

Cuando asumimos que toda la responsabilidad recae sobre el individuo, dejamos de mirar a las estructuras que hacen que alimentarse de forma saludable resulte más fácil para unas personas que para otras.

El paisaje alimentario, el marco regulatorio, la publicidad, las condiciones materiales de vida o el capital cultural, social y económico moldean nuestros hábitos alimentarios. Y también generan y perpetúan desigualdades. Por eso, en este espacio queremos desplazar el foco de las elecciones individuales hacia los factores sistémicos que configuran nuestra relación con la comida.

Entendemos la alimentación como un fenómeno político, cultural, social y emocional, además de biológico. Como un territorio donde se expresan relaciones de poder, identidades, conflictos y formas de resistencia. Y donde está en juego la salud individual y colectiva. Pero aquí no encontrarás listas de alimentos milagrosos, consejos exprés ni recomendaciones de consumo. Tampoco recetas saludables, soluciones definitivas, ‘píldoras’ informativas o instrucciones infalibles.

Este es un lugar para detenerse, observar y pensar.

Queremos tener conversaciones pausadas. Explorar, analizar y hacer visibles los mecanismos que condicionan nuestra dieta. Alimentar el pensamiento crítico. Construir marcos interpretativos más amplios y complejos, alejados de las explicaciones simplistas y de la lógica de la inmediatez.

Queremos poner nombre a los problemas emergentes del ámbito alimentario y ampliar los límites de la comunicación sobre alimentación incorporando perspectivas procedentes de disciplinas como la sociología, la historia, la economía o el urbanismo. En definitiva, queremos cambiar la mirada: dejar de pensar en qué debemos comer para preguntarnos quiénes establecen las reglas del juego alimentario.

A la guerra con una cuchara, más que un nombre, es una declaración de intenciones: creemos que merece la pena librar las batallas que son justas, incluso cuando parecen perdidas de antemano. Con rigor, honestidad y evidencia científica en las manos, discutimos los discursos alimentarios dominantes, cuestionamos las falacias y disputamos los marcos conceptuales, aun sabiendo que jugamos en inferioridad de condiciones.

No intentarlo es claudicar.